En más de dos décadas defendiendo derechos humanos he aprendido que entre proclamar un derecho y garantizarlo se abre un abismo, y que ese abismo casi siempre lo habitan las mismas personas: las que no llegaron al tribunal, las que aprendieron a callar el agravio porque nadie acudió cuando levantaron la voz.
Hoy ese abismo me preocupa más que nunca. México reorganiza su sistema de justicia: tras la reforma de 2024 elegimos por voto popular a quienes imparten justicia, y el país discute si ese cambio acercará de verdad la justicia a la gente o si solo modificará a quién se la pedimos. No pretendo zanjar aquí ese debate; me interesa una pregunta más antigua y más terca: cuando por fin se abra la puerta del tribunal, ¿llegará la justicia a quien más la necesita?
Porque el acceso a la justicia no se decreta, se construye caso por caso. Lo he visto en las mujeres que enfrentan una brecha que las alcanza en lo laboral, lo educativo y lo político, y a veces la violencia feminicida; en las infancias a las que se resuelve “lo adecuado” desde el adultocentrismo, sin escucharlas; en las personas con discapacidad miradas desde la lástima y no desde el modelo social; en los pueblos indígenas y afromexicanos, cuyo reconocimiento aún tropieza con la indiferencia; en las personas mayores y migrantes, a quienes el sistema vuelve invisibles. Para todas ellas, una reforma en el papel no significa nada si quien las acompaña no sabe convertir la indignación en estrategia.
Y ahí está, para mí, el corazón del oficio: defender derechos hoy exige formación, no solo buena voluntad. Exige conocer la teoría que los sustenta, mirar con perspectiva de género, identificar a quien requiere atención prioritaria y manejar con destreza las herramientas de la incidencia: el litigio estratégico, la documentación, el activismo y las peticiones internacionales.
Por eso me sumo, desde la Universidad Anáhuac Puebla, al Diplomado en Derechos Humanos, Acceso a la Justicia y Perspectiva de Género. En 104 horas, en modalidad en línea, recorremos de la teoría de los derechos humanos al análisis de casos emblemáticos, pasando por los grupos de atención prioritaria, la perspectiva de género, el acceso a la justicia y una caja de herramientas para la defensa. No buscamos formar espectadores de la reforma, sino a quienes harán que la justicia —se reforme como se reforme— por fin llegue.
Si algo me ha enseñado este camino es que la justicia no se hereda ni llega sola: se trabaja. Y nunca sobran manos.